sábado, 20 de julio de 2013

Enredaderas II

II

Lo que lo destacaba era su forma de esparcirse, de situarse más allá de mi ombligo, de pararse firme sobre mi hombro y dejar el aire en suspenso mientras bajaba la persiana, previendo la orquestación del pulmón del edificio. La luna llena casi siempre rebotaba en mis ojos de agua, penetrando los suyos de carbón. Podía ser un Dios, el sol, un camino, un recuerdo, un mediodía de verano, un ave al vuelvo. Podía ser por igual una cascada o un manto de fuego. 

Cuando menos hacer el amor siempre era ganar años de vida. Cuando más, mezclarnos tanto que al volver volvíamos al mismo cuerpo. 

jueves, 18 de julio de 2013

Enredaderas I

I


Nos gustaba dormir abrazados. Desde las profundidades del campo mojado de las noches de invierno los sueños no pueden remontar, salvo por las enredaderas de piernas y brazos que dos cuerpos dormidos tejen en un macramé de encuentros y ausencias; se escabullía una conciencia entre las arboledas del sueño y al minuto siguiente te movías de modo tal que yo me sobresaltaba, abría los ojos y te veía, entonces volvía, intercambiábamos posiciones, girabas de espalda a mí y yo te abrazaba, en una danza silenciosa.  

martes, 21 de mayo de 2013

La mañana

La mañana me descubre sin haber dormido, apenas cerrar los ojos y mantenerme en vigilia detrás de los párpados cerrados.

viernes, 17 de mayo de 2013

Último

Lo último fue ira,
fue la furia en los ojos
y la huida.
Fue desquicio,
desconfianza,
fue venganza y rutina.
Lo último fue la ruina,
igual que el polvo en el aire,
que las cuadras sin esquinas.
Lo último fue mezquina
vaguedad descorazonada
que nos hizo frágiles e inertes.
Lo último fue estarnos ausentes
con las pocas muertes que nos quedaban.

sábado, 13 de abril de 2013

Inimputable

El pasto que cruje y se deja aplastar y aunque me recuesto no me hace cosquillas, me aguanta y me deja un verde limpio para descansar y me perdona la ofensa.
Inimputable… El cielo blanco, la lluvia tersa, el viento manso.
Inimputable la calle que se deja caminar, insultada y maltratada.
Inimputables las estrellas que brillan igual.
Inimputable el sueño que me abraza cada noche.
Todos esperan por mí. Yo temo por todos y no espero por nadie. Indiferente a la enfermedad
como a sus medicinas. A veces pienso que siquiera, si tratara de convencerme un poco, el opio y el fernet no serían tan amargos. Pese a todo he comenzado a conocer esta ciudad, la he caminado como se camina sobre el fuego: descalza pero sin miedo, de lo contrario el fuego quema. Soy testigo y no culpable pero partícipe, y la responsabilidad no es un peso, es poder.
Aparenta ser,  tal vez, más larga la calle cuando se nos parece, con sus declives y miserias. Hace poco caminábamos por Corrientes, sin caminar. Ahora mayo se sirve la cena sin que abril haya terminado de irse y el tiempo también se nos parece, contrariado.
Y me reconozco en el pasto, en el cielo, en las estrellas, en el almohadón amarillo, en el sueño de ser gigantes. Me cobijan y me mandan al frente y yo me veo en ellos como espejo y cuando la tarde no cae y son las seis pienso: ¿qué habré hecho yo? Me hago cargo del atardecer, del que cae y del que no, no por jefe del ocaso, por hermano, por testigo, porque vamos a la par, porque la noche nos encuentra igual; empañados y sometidos.

Pero al menos no soy inimputable. Al menos ya no soy indiferente.

jueves, 14 de febrero de 2013

Casualidades

Empiezan las casualidades en las que uno abre un libro y cae una foto Polaroid que sabe exactamente por qué la angustia pesa en el pecho y no se va en la ducha matutina con la transpiración, la mugre y la ausencia que procrean a diario y el cuerpo entero también pesa. Y la voz insiste “es creer para ver y no al revés” pero hay un eco detrás de la última sílaba, entonces dobla a la esquina, se sienta en el cordón y conversa con el diariero a ver si pasa el tiempo, a ver si son estos minutos sordos los que la ignoran pero llega a salvarse la próxima hora y ve la foto polaroid caer del libro y entiende por qué la angustia pesa en el pecho y escucha, o acaso recuerda, que es creer para ver y no al revés.



lunes, 31 de diciembre de 2012

Canción de cuna


Los ojos se le sacuden para todos lados como si jugara a la escondida la pesadilla con ellos y corrieran todos por llegar primero a la pared y salvarse. En la antesala del sueño sus ojos corren y los labios entreabiertos cuentan en silencio, susurran cosas que apenas llego a oír, y asumo que deben ser números porque eso tendría sentido, tendría sentido que en sus sueños jugara a la escondida y contara en cuenta regresiva a ver si al llegar a cero, ya es de día y ha acabado la pesadilla. Sería de día y sería un bello día, el cielo despejado, los pies húmedos a orillas del delta, balanceándose mientras un beso sorprende su cuello y sonríe, por alegría o por cosquillas.

Probablemente correría con más ganas de verme velar por ella, de oírme cantarle en voz baja y desearle dulces sueños. Tal vez ella cantaría también mientras corre, tal vez podría yo sugerirle un escondite.

Pero el juego parece no ceder a sus sueños, los ojos siguen agitados y transpira. La destapo un poco, acaricio su frente y lamento no poder ayudarla. Allá en el sueño (o en su antesala) está sola. Yo la miro, sentada al borde de la cama y tomo su mano. Haría lo que sea por cruzar al otro lado pero no puedo. El mundo de los sueños es un mundo individual.

Estoy segura de que justo en ese momento, mientras yo pensaba un buen lugar, el juego se detuvo, porque hizo un ruido similar a un bufido, como si se quejara porque algo la interrumpió. Ella iba con su vestido rojo a cuadros y se detuvo en seco, miró para atrás y vio que yo había dejado de correr, y aunque me imaginaba parece que mi cansancio alteró su fantasía. 

En el juego sueña que sueña y que se sabe dormida, entonces está a salvo aunque desprotegida, aunque muerta de miedo y no muerta porque sabe que de ser así no estaría soñando. Sabe que sólo dejará de dormir cuando muera, que morir es la única chance de mantenerse despierta y alerta. Mientras corre y se escabulle en un vagón de tren intentando escapar, presiente que se aproxima el momento de su muerte. Cuando se despierta es ese, ese vagón que viaja al sur, el último recuerdo que tiene, la última secuencia del sueño que recuerda, entonces sabe que murió en ese vagón, que antes que pudieran cerrar las puertas el hombre que la perseguía para matarla consiguió entrar. Y se ve que lo hizo porque ella ahora está despierta y dolorida y triste, pero aliviada. 



"Enseñan las reglas de la gramática, pero no enseñan qué decir" S.N. Free Play.