I
Nos gustaba
dormir abrazados. Desde las profundidades del campo mojado de las noches de
invierno los sueños no pueden remontar, salvo por las enredaderas de piernas y
brazos que dos cuerpos dormidos tejen en un macramé de encuentros y ausencias;
se escabullía una conciencia entre las arboledas del sueño y al minuto
siguiente te movías de modo tal que yo me sobresaltaba, abría los ojos y te veía, entonces volvía,
intercambiábamos posiciones, girabas de espalda a mí y yo te abrazaba, en una
danza silenciosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario