II
Lo que lo
destacaba era su forma de esparcirse, de situarse más allá de mi ombligo, de
pararse firme sobre mi hombro y dejar el aire en suspenso mientras bajaba la
persiana, previendo la orquestación del pulmón del edificio. La luna llena casi
siempre rebotaba en mis ojos de agua, penetrando los suyos de carbón. Podía ser
un Dios, el sol, un camino, un recuerdo, un mediodía de verano, un ave al
vuelvo. Podía ser por igual una cascada o un manto de fuego.
Cuando menos hacer el amor siempre era ganar años de vida. Cuando más, mezclarnos tanto que al volver volvíamos al mismo cuerpo.
Cuando menos hacer el amor siempre era ganar años de vida. Cuando más, mezclarnos tanto que al volver volvíamos al mismo cuerpo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario