Te llamo
para que quebremos el puente a la tristeza,
para que limpiemos de pasado este presente,
para que llenemos de agua y sal nuestras heridas.
Te llamo
para que no olvidemos que este cuadrado
es peor que un vacío,
que las paredes aunque de vidrio son paredes,
que reacomodar
lo que en realidad hay que tirar
lo que en realidad hay que tirar
es como decir en un barco:
este peso va a hundirnos
pero vamos a llevarlo un poco mas.
Te llamo
porque en tu respuesta mi voz se aligera
y mis pensamiento se calman
y toda mi paciencia y mi inquietud
se replantean la prisa.
Ahora soy más que correctos e incorrectos,
ahora soy un batallón de signos de pregunta
que me hacen libre.
Ahora estoy siendo, diría Rodrigo…
No soy, ahora estoy siendo
algo distinto
probablemente
de lo que estaré siendo
probablemente
de lo que estaré siendo
minutos mas tarde
o un día o un año,
que da igual.
Mirá si un pez
se empeñara en vivir en un bosque…
se empeñara en vivir en un bosque…
Y supongamos,
solo supongamos,
que no muriera de inmediato,
que sus branquias de algún modo se adaptaran
y consiguiera respirar dificultosamente.
¿Cuánto tiempo viviría y en qué estado?
¿Cuánto dolor soportaría por no aceptarse?
O a su entorno…
Y supongamos que por locos
dividimos a su entorno de él,
porque al fin y al cabo
no aceptar el entorno es no aceptarse,
y ya.
Concluyamos en que yo no soy un pez,
soy, estoy siendo, otra cosa,
que se adapta a veces a otros medios,
a veces también respiro dificultosamente,
a veces me oculto y me retraigo,
a veces me miento,
a veces me caigo.
Pero he tenido la suerte,
y por eso te llamo,
para agradecerte,
de que has sido una mano,
un susurro, un árbol,
una presencia infinita y transparente,
que llenó de vida la muerte.