(Rayuela. J. Cortazar)
lunes, 25 de junio de 2012
Rayuela
"Abrazado a la Maga, esa concreción de nebulosa, pienso que tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen a los pueblos. El péndulo cumple su vaivén instantáneo y otra vez me inserto en las categorías tranquilizadoras: muñequito insignificante, novela trascendente, muerte heroica. Los pongo en fila, de menor a mayor: muñequito, novela, heroísmo. Pienso en las jerarquías de valores tan bien exploradas por Ortega, por Scheler: lo estético, lo ético, lo religioso. Lo religioso, lo estético, lo ético. Lo ético, lo religioso, lo estético. El muñequito, la novela. La muerte, el muñequito. La lengua de la Maga me hace cosquillas. Rocamadour, la ética, el muñequito, la Maga. La lengua, la cosquilla, la ética".
viernes, 15 de junio de 2012
Una mañana de junio
Te amo mañana gris, de mate tibio y ventanas abiertas. Te amo mañana húmeda, lluviosa y templada. Te amo mañana silenciosa y solitaria. Te amo mañana entre poemas. Te amo mañana tanto que sólo quisiera reposar en esta banqueta de la cocina, a mirarte por encima de la ropa tendida que chorrea, a contemplarte, a admirarte, tan hermosa y tan serena.
jueves, 14 de junio de 2012
Las ciudades desde los aviones
Madrid - Buenos Aires
Las
ciudades desde los aviones no tienen pulso, son maquetas, juegos de niños,
paseos de trenes, de cónsules, de iglesias. Las ciudades desde los aviones no
tienen nombre, no son más que un montón de alfileres de cabeza redonda, y
brillantes en reventa, armando figuras geométricas o excepciones geométricas o simples
adornos, caprichos que entorpecen la sierra y el río. Las ciudades desde los
aviones no tienen magia alguna, no tienen empedrados, ni cervezas por un euro
en las esquinas. Las ciudades desde los aviones no tienen balcones ni terrazas,
menos aún tender con bombachas y una rosa blanca colgada de cabeza, secándose
al sol. Las ciudades desde los aviones no tienen Biblioketas, ni Poncelet, ni
Dos de Mayo, ni Libertad 8, ni galletas de avena. Las ciudades desde los
aviones no te hamacan en el parque, no cocinan arroz tailandés, ni buscan
nombres de pájaros en las enciclopedias. Las ciudades desde los aviones no
patean las calles hasta las seis de la mañana charlando del amor y los gajes del
oficio de vivir;
-Un amigo
me decía que hay dos tipos de personas: los que sienten culpa y los que sienten
miedo.
Creo que
difiero, aunque eso no importa, porque ya sabés Fernando yo siento las dos. A
menudo. Pero, por momentos… Por momentos sé jugar a la escondida, sé tragar sin
masticar, sé racionar el aliento. Por momentos la totalidad en la superficie se
borra; las franjas amarillas, las señales de tránsito y nada existe excepto
todo, todo en la nada, todo tan vacío que da lleno, todo puro, todo simple,
todo poco. La mochila perdida, la casa incendiada, y tenerlo todo. Pero el
aire… El aire distrae, disuelve, esfuma. El aire traslada, cambia de rumbo,
pone los pelos al viento y monta un espectáculo de molinos y gigantes que se ve lindo,
pero…
Las
ciudades desde los aviones no tienen jazz ni violines, ni compositores ni dedos
largos, ni andaluces, ni cuartos pisos por escalera, ni aroma, ni sabores, ni
gatos, ni flores amarillas, ni latas de colección y manteles bordados, ni
desayunos. Las ciudades desde los aviones no son más que tigres enjaulados, que
flamencos sin lago, que faisanes sin cola, que pájaros sin canto. Las ciudades
desde los aviones son poetas analfabetas, son pianistas sin manos, son recetas.
Las ciudades desde los aviones no tienen olfato, ni tacto ni gusto… No tienen sentido.
No tienen confrontación, no tienen crisis, no tienen disgustos; no se remueve
el suelo, no emerge el tesoro en la tierra.
Las
ciudades desde los aviones no tienen obras de arte, ni Picasso, ni revolución. No
tienen ferias, ni artesanías ni mermeladas de tomate. No tienen verano o
invierno. Ni hablar de primavera. Son como laberintos sin repeticiones, como
bosques sin claros, como fruta amarga. Como amaneceres sin ventanas, como
horizontes sin atardecer.
Corre un
nene y pregunta: señor ¿ha visto mi balón? Y un adulto sigue caminando sin
notarlo. Las ciudades desde los aviones son eso: eco de voces. Son chatas,
perpendiculares y necias.
¡Eso son!
Como himnos sin convicciones, como banderas sin unidad, como campos sin trigo,
como la gente que se muere de hambre. Igual de triste, igual de injusto; la
vista panorámica no te hace justicia porque desde los aviones no sos más que
puntillismo y un cuadro inacabado. No tenés desgaste, ni fricción, no tenés
desvelo.
Las ciudades desde los aviones no tienen entrecejo, no les duele la
frente de pensar, no extrañan, no se inquietan, no alardean, no exigen, no se
impacientan, no llaman, no tienen teléfonos públicos. ¡No te tienen! No te tiene... Creciendo en su seno. No te tiene perdida, desorientada en la
Gran Vía , no te tiene enrulada y de rojo, no te tiene preguntando paralelas, no te tiene
comprando golosinas ni recitando canciones de otros. No te tiene ni aún
vencida, no te tiene buscando, no te tiene virgen y esponja, no te tiene.
Las
ciudades desde los aviones son como veranos sin gotas, como rocas bébedas sin musgo, como mares sin algas,
como cuencos estériles, como diapasones afónicos, como gargantas secas.
Las
ciudades desde los aviones no tienen recorrido, no tienen regreso a casa, no
tienen pasiones, no tienen desventajas. Las ciudades desde los aviones son
tristes, casi peor que un payaso sin sonrisa porque eso desde el principio es
una farsa. Las ciudades desde los aviones no tienen improvisos. Las ciudades
desde los aviones no tienen Malasaña.
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