El pasto
que cruje y se deja
aplastar y aunque me
recuesto no me hace
cosquillas, me aguanta y me deja
un verde limpio para
descansar y me
perdona la ofensa.
Inimputable…
El cielo blanco, la lluvia
tersa, el viento
manso.
Inimputable
la calle que se deja caminar, insultada y
maltratada.
Inimputables
las estrellas que brillan
igual.
Inimputable
el sueño que me abraza cada noche.
Todos
esperan por mí. Yo temo por
todos y no espero
por nadie. Indiferente
a la enfermedad
como a sus
medicinas. A veces
pienso que siquiera, si tratara
de convencerme un poco, el opio y
el fernet no serían tan amargos. Pese a todo he comenzado a conocer esta ciudad, la he
caminado como se camina sobre el fuego: descalza
pero sin miedo, de lo
contrario el fuego quema. Soy testigo
y no culpable pero
partícipe, y la
responsabilidad no es un peso, es poder.
Aparenta ser, tal vez, más larga la calle cuando se nos parece, con sus declives y miserias. Hace poco caminábamos por Corrientes, sin caminar. Ahora mayo se sirve la cena sin que abril haya terminado de irse y el tiempo también se nos parece, contrariado.
Aparenta ser, tal vez, más larga la calle cuando se nos parece, con sus declives y miserias. Hace poco caminábamos por Corrientes, sin caminar. Ahora mayo se sirve la cena sin que abril haya terminado de irse y el tiempo también se nos parece, contrariado.
Y me
reconozco en el pasto, en el
cielo, en las estrellas, en el
almohadón amarillo, en el sueño
de ser gigantes. Me cobijan
y me mandan al frente y yo me veo
en ellos como espejo y cuando la
tarde no cae y son las seis pienso:
¿qué habré hecho yo? Me hago
cargo del atardecer, del que cae
y del que no, no por jefe
del ocaso, por
hermano, por testigo, porque
vamos a la par, porque la
noche nos encuentra igual; empañados y
sometidos.
Pero al
menos no soy inimputable. Al menos ya
no soy indiferente.
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