No. Yo tampoco quiero un reloj, ni un jardín de cerezos en
invierno. A vos te gusta esa forma de estar en la que nadie se asegura un café
más.
Cada encuentro nuestro es como un pequeño paraíso en la terraza, una espesa burbuja
de verano. A menudo nos refugiamos entre universos verdes y acaso si el
silencio nos propone, nos besamos enteros y despojados, cual una despedida. Si el amor nos ampara, hay
un reencuentro. Más tarde, probablemente en tu cama.
Pero después del encuentro no hay nada, es una pausa, andamos como nómadas recolectando distancias. Quedan los
sentidos apolillados como sábanas viejas, las manos secas, el cuerpo dormido. De noche tus mares se
transforman en ríos y tus peces se convierten en rocas.
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