A veces doy
vuelta a las esquinas y vuelvo al mismo callejón que dejé atrás en una corrida,
tenía siete años y jugar a las escondidas me daba miedo. Mis escondites eran
siempre muy ingeniosos y eso era lo que me asustaba; temía que tardaran tanto
en encontrarme que antes de eso desistieran de buscar y más aún me aterraba
cuánto el mundo pudiera cambiar en el tiempo que yo demorara en salir de mi
escondite. Poco tiempo después dejé de jugar. Hay calles que todavía saben a
eso.
Cada tanto
se aparecen los fantasmas para recordarnos que somos libres de asustarnos.
Hoy te temo
por tantos lados que no importa qué camino tomara para recorrerte, lo andaría
dudando. Aún si volviera buscándote con ganas nuevas, algún pasado me pesaría
en los abrazos y algún beso me daría miedo a labios viejos. Que tanto tiempo y
poco pasó, que no pude borrarlo: cada muerte que esperaba renacer de la ceniza,
y vivir cremada en una tristeza casi más grande que mi valor de recobrar la
vida debajo de todo ese polvo de hartazgo. No saber ya qué sacarme para darte
todo e igual no tenerte ni tenerme, que era peor. Aún si volviera, ¿cómo
arrastraría mi fe conmigo? Que ya ni ellas me siguen, de un tiempo hasta ahora
han llamado por su libre albedrío: mi fe, mi libertad, incluso mi instinto de supervivencia.
Todos han tomado su propio camino, a veces hasta deciden por mí y se me imponen
con aires modernos y altivos. ¿Cómo podría yo persuadirlos sin convicción?
Al menos
ahora las noches caen antes de que salga el sol y puedo dormir, aunque todavía
despierte, mire el reloj y sean las cinco y trate de sedarme imaginando recorrer Latinoamérica con un pañuelo en la cabeza y un auto usado. Trazo recorridos en un mapa mental, seguro mal dibujado, y cuando llego a algún
paisaje caliente y de arena clara, vuelvo a dormir.
Al menos
ahora, aunque sin certezas, pruebo bocado y me levanto a la mañana siendo algo
más que una prolongación del sueño, que un corte transversal en plena vigilia. Al
menos ahora vuelvo a tocar las cosas que me pertenecen sin que me ardan las
llamas de los dedos y puedo acercarme a la gente sin imponer en sus rostros tu
cara. Al menos ahora, Silvio, puedo volver a escucharte.
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