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Lo que me
entusiasma del viñedo es el camino que me invita a recorrer.
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Bob Dylan
tocando Peggy Day con su guitarra, dudosamente sentado en el borde de la fuente
de agua, cerca de las hamacas y los juegos. El sonido del mar atravesando el
campo sin disturbios desde esa enorme playa detrás de la hilera de árboles
altos y un dulce perfume como del Taj Sunset que me envuelva. Una rica fondue
de queso dispuesta en una pequeña mesita de madera en la galería de la cabaña
que luce los faroles coloniales que tanto me gustan. Una tibia brisa y el cielo
como la paleta de un pintor. Pasto y
tierra húmeda bajo los pies descalzos y un atardecer que demore su partida. Reír del
tiempo que es hoja quemada, en el viñedo no hay prisa de nada.
Una montaña asomándose a lo lejos, entrecerrados los ojos del sol... En una
de esas, cuando caiga la noche nos despierten los estruendos de fuegos
artificiales rompiendo la oscuridad, y la fresca del campo anochecido
nos encuentre recostados en el suelo, desnudos y sin frío.

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