sábado, 3 de diciembre de 2011

Foto dentro de una foto

Lo que me entusiasma del viñedo es el camino que me invita a recorrer.


Bob Dylan tocando Peggy Day con su guitarra, dudosamente sentado en el borde de la fuente de agua, cerca de las hamacas y los juegos. El sonido del mar atravesando el campo sin disturbios desde esa enorme playa detrás de la hilera de árboles altos y un dulce perfume como del Taj Sunset que me envuelva. Una rica fondue de queso dispuesta en una pequeña mesita de madera en la galería de la cabaña que luce los faroles coloniales que tanto me gustan. Una tibia brisa y el cielo como la paleta de un pintor.  Pasto y tierra húmeda bajo los pies descalzos y un atardecer que demore su partida. Reír del tiempo que es hoja quemada, en el viñedo no hay prisa de nada.
Una montaña asomándose a lo lejos, entrecerrados los ojos del sol... En una de esas, cuando caiga la noche nos despierten los estruendos de fuegos artificiales rompiendo la oscuridad, y la fresca del campo anochecido nos encuentre recostados en el suelo, desnudos y sin frío.  




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