martes, 2 de febrero de 2016

¿Por qué miedo a decir?

Decir parece definirnos, cobramos forma, de pronto, un círculo despejado en un espiral de ataque, somos un blanco. Si nos pronunciamos, activamos el localizador y nos encuentran. Nos ven. Ahora no estamos ocultos detrás de esa enorme hilera de bancos, en la última fila de la multitud. Ahora estamos en un campo abierto, todos radares de una sola vara. Clavados a la tierra. Inmóviles, tiesos. Solo nuestro ojo ocular rebota entre las paredes del cuarto blanco. Revisa todo a su alrededor. No puede acercarse, entonces lo nombra. Categoriza, clasifica. En semejante multitud, necesita optimizar el recurso de la memoria, piensa. Piensa porque cree que hay una amenaza
si pronuncia,

si tu boca se abre y permite ese caudal,
el río vertiginoso de la especie que la transforma,
el tigre voraz que buscar dar un salto desde tus costillas,
el océano que se despliega en tu diafragma para darte la tormenta,
 y el sol que se monta en tu boca para destronar el cadáver del silencio.

Ahí se encuentran tu garganta y mis ojos,  pronunciando el valor de no estar afuera de nada.

El viento trae la palabra. Se activó tu localizador. Ahora todos te vemos. Puedo ir a abrazarte.

Cee Incola


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